Relato: MELONES Y SANDÍAS

 Melones y sandías y...


Verano. El calor del verano… ¿no tenéis la sensación de que cada verano los melones y sandías saben cada vez menos a algo? Ya no sé si es la edad que le hace recordar a uno los sabores de la niñez con mayor intensidad, pero el caso es que uno se enfrenta a la correspondiente raja de melón - ojo, no incluyo la variedad francesa, me refiero a los piel de sapo de toda la vida, esos tipo Villaconejos famosos - o sandía con la ilusión de ir a probar algo exquisito por primera vez y, al morderlo y saborearlo: el desengaño y chasco correspondiente… Y cada verano, en plena ola de calor, la misma historia repetitiva - No, si ya dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Bueno, o igual es que no deberíamos reírnos tanto de la limitadísima memoria de los peces-…

 

Sigo…verano, el calor del verano, melones y sandías, y las ganas de comerlos, y la decepción final. Pero, este verano algo era diferente. Probabas las frutas y estaban buenas “sabían” aparte de ser refrescantes, pero, como curiosidad, el sabor no era uniforme… Partías la sandía o el melón en varios trozos: cuatro tenían sabor, uhmmm!!!, buen sabor…, pero uno de ellos no sabía a nada. Pero a nada ¡era increíble!, y esto ocurría desde el pueblo más pequeño a la ciudad más grande.  

 

Tan comentada era la cosa que hasta los científicos se pusieron a intentar buscar una explicación. Hugo von Müller nos sorprendió a todos. A través de unos enrevesados cálculos matemáticos y comer junto a su equipo más de treinta mil sandías y melones, encontró que la parte insípida era constantemente un número inexistente hasta la fecha, un perfecto impar, que llamó -1ππ, y que, más o menos, equivalía a una quinta parte, aunque era imposible detectar exactamente su ubicación en la pieza.

 

En las fruterías y supermercados se dejaron de vender troceados porque daba muchos problemas. Muchos querían catarlos primero,… Pero claro, a los tenderos no les compensaba venderlos por partes, ni darlas a probar. O te arriesgabas y los comprabas enteros o a quedártelos mirando en los cajones de la tienda…

 

Las familias y amigos jugaban a ver a quién le tocaba el trozo sin sabor, en los restaurantes elegantes se contrató a un pinche especial prueba cucurbitáceas para evitar quejas de los clientes vip en cuanto al sabor de estos alimentos, en los restaurantes normales, como siempre, te aguantabas si no tenían gusto a nada.

 

Los sibaritas enviaban especialistas o iban ellos mismos en persona a los campos de cultivo a seleccionar los mejores ejemplares, pero nadie conseguía ni un melón ni una sandía que tuviera sabor en su totalidad.

 

Al final, nos resignamos ¿qué se podía hacer? Se habían probado los remedios científicos habituales: potenciadores del sabor, estimulantes del paladar, estabilizantes, ingredientes secretos, pero ni inyectando directamente en la zona insípida se conseguía que ésta supiera a algo. Nos decían que esperáramos al próximo verano.

 

Una noche nos quedamos en el campo de unos amigos a pasar la noche, tenían toda una plantación de melones.  Como hacía tanto calor - os recuerdo que era verano-, al alba me desperté… Por la ventana de la habitación se adivinaba el nuevo día entre los rosados y malvas herederos de la oscuridad de la noche. Salí al porche a contemplar el espectáculo de la naturaleza… todo ese silencio ¿ese silencio? No me había despertado el calor, sino un extraño gorjeo, como alguien sorbiendo con una pajita una horchata, que venía del melonar… Me acerqué. En la penumbra distinguí unas pequeñas sombras… me acerqué algo más ¡junto a cada melón había un pequeño ser azul translúcido, un poquitito mayor que la fruta que tenía junto a él, acercaba sus labios a una sección de su corteza, cerraba los ojos y ¡libaba!, después de un tiempo, que parecía siempre ser el mismo, cada pequeño ser pasaba a otro melón, todos a una, organizados con disciplina y un ritmo casi musical. Yo no podía dejar de mirarlos y ellos, que no tenían el más mínimo interés en mí, seguían a lo suyo sin prestarme atención alguna. Un nuevo rayo del sol naciente apareció. Los pequeños seres pararon su orgía nectárea, se dieron la vuelta y, con la misma cadencia con la que habían trabajado hasta el momento, empezaron a caminar en fila hacia el fondo del melonar. Les seguí cautelosamente… Subían trepando sin pausa unos sobre otros a una cesta de mimbre gigantesca - a los últimos los auparon desde el interior - ubicada junto a una caseta de aperos de labranza. Cuando ya todos estuvieron dentro, se oyó el canto de un gallo y la cesta vibró en el aire, se elevó haciendo un giro perfecto y… No sé si se marchó tan rápido que no la vi o simplemente se trasladó a otra dimensión, la cosa es que desapareció…

 

Quizás si hubiera sido matemático podría haberme dado cuenta de que estos seres lo hacían todo en relación a -1ππ, pero como no, sólo creo que ahora conozco la razón para que los melones y sandías de este verano tengan una parte tan insulsa, pero no me atrevo a contárselo a nadie.


                                                                                                                            Natalia Molinos Navarro




 

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